Puedo mirar un objeto hasta que empiecen a desdibujarse sus aristas, como si, envuelto en una atmósfera difusa, estuviera a punto de desasirse de lo que efectivamente lo hace real. Después ya puedo convertirlo en cualquier cosa. Así hago también con las palabras: sé lo que significan pero me interesa más lo que esconden, lo que puedo hallar cuando las desnudo y las retuerzo hasta que me den, jugosas, sus ecos más imprevistos. Me asalta el roce del verso, algo que aleteó contra el alma o surcó alguna víscera y entonces, inmediatas, se precipitan las palabras. Primero llegan con su carga de espesura, escandalosas y parlanchinas, y dejo que esparzan su bullicio incontrolado sobre el papel. Después es cuando empiezo a frotar, a quitar y poner, a darle paso a las más tímidas, a las más mimosas. Así las voy encajando hasta que me den su ritmo, la música, la esencia final que exige el pálpito, el poema. Los textos reposarán unos días y volveré sobre ellos con otro espíritu, para comprobar si los ecos continúan siendo los primigenios, si son válidos. Meses, años, descansarán, para volver a insistir en la comprobación.

La propia poesía me dictó todo este aprendizaje y esa educación férrea es la que aplico también a mis novelas. No me vale la narrativa plana, esa prosa periodística de manual, sin ecos recovecos. Prefiero, para dibujar la oración, sus resquicios, las grietas que me sugieran ese otro modo de narrar. No pierdo de vista el hilo, pero olvido el camino recto, generalmente el más trillado, para bañarme en los pliegues y repliegues, en los meandros, hasta sacarle punta al estilo, hasta que las palabras brillen sin cegar el argumento, resaltándolo, salpicando al lector. Todas las historias son la misma: amor, pasión, vida, muerte, destino, tiempo: por eso hay que detenerse a sentir cómo apresarlas para siempre.

Así escribo, abriendo puertas a la magia, adentrándome sin miedos por los inhóspitos secretos, por los vuelcos vértigos que la propia escritura desata. Correr frenético tras esta pasión, loco enamorado hasta el polvo de los huesos, a sabiendas de que ella, la literatura, siempre lleva una vuelta de ventaja; aunque a veces, coqueta, nos deje vislumbrar, a través de un roce sonámbulo de la intuición, allá en el horizonte del horizonte, su silueta bella, su indescifrable, redonda verdad.

Texto publicado en 2003